Las leyendas de la calle del Toro

Calle del Toro en Madrid

Las calles de Madrid están llenas de historia. Pese a ello, tendemos a caminar sin prestar atención a lo que hay a nuestro alrededor. Con el móvil en la mano, los auriculares en las orejas  y caminando rápido aunque no tengamos prisa. Sin darnos cuenta de las historias que nos cuentan nuestras calles. Por eso este invierno estrenamos una nueva sección dedicada a las calles con referencias a la tauromaquia en la capital de España.

Nuestra primera ruta por el Madrid taurino la comenzamos en pleno centro de la ciudad. En el barrio de la Morería, entre la Costanilla de San Andrés y la plaza del Alamillo se sitúa la calle del Toro. Un estrecho callejón desconocido para muchos con varias leyendas sobre el origen de su nombre.

La primera se remonta a la época en la que Madrid era gobernada por el musulmán Aliatar, enamorado de la morisca Zaida que vivía en este callejón. Con el objetivo de cortejarla organizó un festejo taurino en la cercana plaza del Alamillo. Uno de los toros sembró el pánico, hiriendo a todos los moriscos que intentaban alancearlo.

Cuenta la leyenda que sobre un caballo alazano, apareció un desconocido caballero cristiano que solicitó dar muerte al toro. Le concedieron permiso y logró acabar con la vida del animal. La joven Zaida se enamoró instantáneamente de ese misterioso hombre, que por su valor dejó asombrados a todos. No era otro que el mismísimo Cid Campeador.

Preso de la envidia, Aliatar ordenó la detención del Cid Campeador, que se marchó de la ciudad. Sin embargo, Zaida había quedado completamente enamorada del mítico caballero. Por ello, colocó las astas del toro en la fachada de ese callejón. Se cuenta que cada vez que Zaida suspiraba, las astas del toro mugían por el amor a El Cid. Una historia que fue relatada por el dramaturgo Nicolás Fernández de Moratín en el Siglo XVIII en su poema “Fiestas de toros de Madrid”.

La otra leyenda hace referencia a un bravo toro que había sido lidiado en la calle Segovia. Se dice que el animal “entró a 23 varas y a ocho vanderillas (sic) quasi no hubo vara que no tocase o hiriese los caballos y a la oncena vara quedó la plaza sin picadores”. Pese a ello, el toro murió y los vecinos pidieron que se expusieran sus cuernos en dicha calle, para recordar a tan bravo animal.

Cuentan que todos los días a la hora en el que el toro había muerto,  desde donde estaban los cuernos colgados, se escuchaban sus bramidos. Muchos madrileños se acercaron hasta allí para intentar desvelar este gran misterio, creyendo que la calle podría haber quedado embrujada. Nada más lejos de la realidad, una vez que se descubrió que era un vecino el que hacía esos ruidos desde su casa, haciendo sonar uno de los cuernos que su padre vendía como instrumento de viento.

Más allá de las leyendas, la calle del Toro es un rincón secreto de Madrid que hay que descubrir. Como otros tantos que iremos desvelando.

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